Por Leonardo Vergara Torrealba, Gerente Corma Maule y O´Higgins.
Este 9 de julio la ciudad de Constitución celebrará los 50 años de una planta industrial que cambió su historia. Y no solo por su impacto económico, sino por algo que hoy, en pleno 2025, parece cada vez más difícil de lograr: una relación ejemplar entre una gran industria y su comunidad.
La Planta de Celulosa Constitución está ubicada a pocas
cuadras de la plaza de armas. Esa proximidad, que para algunos podría parecer
una contradicción, se ha transformado en símbolo de convivencia: de cómo una
industria que opera con altos estándares puede insertarse, dialogar y crecer
junto a la ciudad que la acoge.
En un contexto donde muchos proyectos de inversión enfrentan
oposición o quedan paralizados por el temor —muchas veces legítimo— de las
comunidades frente a posibles impactos, esta experiencia merece ser observada
con atención. Porque demuestra que sí es posible compatibilizar desarrollo
productivo, cuidado ambiental y bienestar social, cuando se actúa con visión de
largo plazo, compromiso genuino y apertura al diálogo.
Esta visión de desarrollo no surgió al azar. Ya en 1965, el
informe del Programa de Cooperación Técnica Chile-California proponía: “Adoptar
medidas de carácter inmediato que aseguren inversiones de capital, tanto en la
producción de celulosa como de aserraderos que utilicen las actuales
plantaciones de pinos (…)”.
Diez años después, el 9 de mayo de 1975, esa propuesta se
concretó con la inauguración de la planta de celulosa en Constitución.
Desde sus inicios, esta planta fue construida con la mejor
tecnología disponible. Ese principio, que parecía técnico, se convirtió en un
valor: mantenerse a la vanguardia, anticipar los cambios, cumplir con
estándares internacionales y responder a las exigencias ambientales y sociales
de cada época. En cinco décadas, la empresa ha superado crisis, desastres
naturales y transformaciones políticas, sin perder de vista su responsabilidad
con el entorno.
La celulosa no solo consolidó la vocación forestal de la
zona; también se transformó en motor de empleo, emprendimiento y
diversificación económica. Alrededor de ella florecieron nuevos servicios,
comercios, redes de proveedores, y sobre todo, una comunidad que la siente
propia. Esa pertenencia no se impone ni se compra: se construye día a día,
escuchando, adaptándose y cumpliendo la palabra empeñada.
En tiempos en que el país necesita invertir, crecer y
recuperar confianzas, experiencias como la de Constitución nos recuerdan que la
clave no está solo en lo técnico o lo económico, sino en cómo se hacen las
cosas. En este aniversario, más que celebrar una fecha, celebramos una forma de
hacer empresa, una relación madura con el territorio y una promesa cumplida.
Ojalá sepamos aprender de esta historia para escribir muchas
más como esta.
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